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¡No a la discriminación!

5 marzo, 2013

            Imagino que a nadie que lea estas líneas le gusta ser discriminado por los demás. Esta frase me recuerda algo que me decía mi padre cuando era pequeño y que considero sabio, como un buen principio a seguir en la vida: LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO LO QUIERAS PARA NADIE. ¿Qué les parece? Ese principio se puede aplicar a cualquier aspecto, pero hoy me centraré en la discriminación.

           Pero… ¿Qué significa discriminar? El diccionario de la RAE (Real Academia de la lengua Española), en su 2ª acepción (la 2ª definición de la palabra), dice: «Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.».

            Bien, partiendo de esa definición, cabe preguntarse: ¿A quién se discrimina hoy en día?, ¿Quién?, ¿Por qué? Es posible que haya personas que lean esto y digan: “No, no, eso ya no sucede, eso pasaba en otras épocas, hoy vivimos en democracia…” ¡Ja! Permitidme que me ría si escucho a alguien decir eso o algo semejante. A ver, sin falta de recurrir a experiencias ajenas, yo mismo he percibido un trato discriminatorio, e  incluso, vejatorio.

             Vayamos al grano. No hace falta estar viviendo la crisis actual, gracias a la cual (y a los capullos -con perdón de la expresión- que nos gobiernan y viven holgadamente a nuestra costa), la situación laboral se ha vuelto más difícil que nunca (al menos en los años que yo puedo valorar desde mis 39 primaveras), para darse cuenta de que, en general, se discrimina a toda persona que sea diferente de un@, más aún si tiene distinto color de piel, diferente cultura, otro idioma o acento… ¿Ya sabéis de qué hablo, verdad?

             Yo he trabajado en diversas fábricas y eso está a la orden del día, aunque no me gusta generalizar y, por supuesto, hay casos y casos. Esto me recuerda un escrito (un ensayo) que escribí hace tiempo titulado: PROHIBIDO SER DIFERENTE, título irónico a más no poder, evidentemente, ya que, precisamente, se trata de una defensa a ultranza de lo que le hace a cada ser humano único, inigualable, irrepetible. Voy a aprovechar la ocasión para apuntar aquí algunas de las ideas que puse en ese escrito, que me siguen pareciendo muy válidas. Además, vais a ver otros modos de discriminación menos conocidos o, siquiera, menos populares.

 La sociedad en la que vivimos rechaza lo diferente

             No debería extrañar lo que se ve tan a menudo en la calle, a través de los medios de comunicación y en nuestras propias familias: siempre hay excepciones, pero estoy convencido de que es mayor el número de personas que actúan del modo que paso a describir:

             En esta sociedad “se remacha todo clavo que sobresale”. Desde diversos ángulos se nos marca (con más o menos mano izquierda) cómo debemos vestir, comer, pensar, trabajar, ver, conducir… Hoy en día todo el mundo tiene derecho a opinar y a decidir por los demás (por la, a veces, teórica “libertad de expresión”) y habitualmente se habla de todo sin saber de casi nada…

             Bien, por un lado está el tema del vestir: «hay que ir a la moda, a la última». Es verdad que a nadie le ponen en un pelotón de fusilamiento si no viste con “lo que se lleva”, pero la mayoría de la gente te mira como a un bicho raro (al menos en España) si llevas ropa que no está de moda (la de hace unos años, por ejemplo).

             En una sociedad tan consumista como ésta no está bien visto alguien ahorrador (por eso se le halaga con apelativos como “tacaño” o “rata”) –alguien que no gasta más de lo necesario o no gasta en caprichos- (bueno, con la crisis ya esto se ha visto más necesario, digamos), ni a quien no bebe mucho o nada cuando sale a dar una vuelta (choca más por la noche, y no me refiero sólo a beber alcohol), ni al que ni siquiera le gusta salir [aplíquese lo mismo para quien no anhele grandes cosas que cuesten mucho dinero o no quiera ser millonario o no le importe la fama, para quien sea más importante pasar un fin de semana en la montaña que adquirir un nuevo coche, renovar el mobiliario de su casa o “tirarse” a la hija del jefe por el mero hecho de que “está como un tren”].

             Otro aspecto a tener en cuenta es la manera de hablar con los demás: me da la impresión de que uno tiene más “amigos” si se calla lo que piensa y dice sólo lo que se espera oír, hace lo que se espera que haga y ni rechista ni se preocupa por lo que suceda a su alrededor. Naturalmente, si eres de los que dicen lo que piensan y actúas por ti mismo y no en función de los demás vas a tener muchos problemas: disputas, malas caras, ser señalado con el dedo (como persona conflictiva, es decir, no ser masa), aislamiento social… o sea, que no te irá bien si haces notar que eres diferente…

             Parece mentira, pero es verdad. A pesar de que esto no guste, quiero decirlo aún más claro para que no nos llevemos a engaño (lo que tanto gusta a nuestros dirigentes y a los grandes empresarios): cuanto menos pensemos por nosotros mismos, mejor; si actuamos, pensamos, deseamos y somos todos de la manera más parecida posible, mucho mejor, pues es más fácil satisfacer –y manejar- cualquier necesidad global; cuanto más manejables y manipulables nos mostremos para aquellos a quienes estamos otorgando cada día el derecho (sin tenerlo) de gobernar y dirigir nuestras vidas, mejor todavía. Conclusión: la de siempre, unos cuantos ricos más ricos que nunca y el resto cada vez más inconscientes, pasando (no viviendo) por una vida sin nombre ni apellidos y pensando que es lo mejor que se puede hacer.

             Conste que no voy en contra de las normas y lo establecido sin más, sólo pretendo quitarle la piel de oveja al lobo para que no tengamos la tentación de meterlo al corral con nuestras ovejas sin darnos cuenta de que acabará con todas ellas y aun con nuestra propia comida (y para que no se nos pase nunca por la cabeza -no de manera inconsciente- erigirle un altar a uno de estos lobeznos).

             En este país tan “libre” está socialmente mal visto ser consecuente con los deberes religiosos (se dice mucho eso de “los curas te han lavado el cerebro” como si no tuvieran nada más que lavar -por ejemplo las conciencias- y sin darse cuenta de lo que son manipulados -los que lo dicen- por otros medios más “seculares” -fuera de la Iglesia-) o con la susodicha conciencia, y demasiadas personas ponen a ésta última en la cola, detrás de “el qué dirán“, el dinero, el prestigio, una extraña visión de la familia… Obviamente, quien la ponga (la conciencia) en primer lugar (o incluso en segundo puesto) va a ser ridiculizado o simplemente tratado como una especie extinta (o casi) o como un ser de otro planeta, lo cual no resulta agradable, ya que ni siquiera le podrán decir que tiene antenas en lugar de ojos… ¿Un nuevo “alien” versión española?

             Para aclarar lo que decía referente a que todos tienen “derecho” a opinar (y casi hasta decidir) sobre la vida de cada uno sin que ninguno de quienes lo hacen habitualmente consulte al implicado (ni esté doctorado para el caso), quiero hacer notar lo siguiente:

    •              Es muy probable que infinidad de personas no dé importancia a los anuncios publicitarios y, seguramente, muchos de ellos vivan al margen de las propagandas, es decir, que no se dejen condicionar por los anunciantes y gasten su dinero siguiendo exclusivamente sus propios criterios y necesidades (reales); pero, ¡Cuántas personas se dejan influir (y seducir) por esa publicidad hecha por especialistas para captar nuevos clientes y hasta para crear necesidades nuevas que en absoluto son “necesarias”!

             ¿Dónde quedan, pues, su derecho a pensar, decidir y obrar de forma independiente, individual, autónoma, libre? Se ha pasado de dar a conocer un producto o servicio a ofrecerlo de tal modo que te sientas necesitado de él, que sea imprescindible en tu vida. 

             Quien piense que tengo razón en esto, sepa que será rechazado (si lo dice o actúa en consecuencia) por la inmensa mayoría de comerciantes, empresarios y todo aquel que anhele enriquecerse a costa de los bolsillos ajenos (aunque estén vacíos) [y por quien no sea consciente y aun rechace de plano lo que escribo aquí].

             En este entorno que rechaza y margina lo diferente cabría definir la vida (por no decir la “felicidad”, si no se llega a captar su significación profunda) como hacer lo que se espera de uno, adaptándose -como mera veleta- a los cambios de temporada o de moda.

            Volvamos un momento a la definición de arriba: «Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.». Si se da trato de inferioridad a alguien, será que, quien lo haga, se creerá superior a esa persona o colectivo, ¿alguien consciente, con la cabeza en su sitio, puede decir convencido que alguien en esta tierra es superior a otro? Espero vuestras opiniones y comentarios. Gracias.

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